Borges decía que uno pasa por el infierno y por el cielo en un mismo día.
Desde que estoy en Londres, eso me sucede seguido. Cuando paso por el infierno, todo mal. Primero, empiezo a sobrecargarme de ideas que incendian buenos pensamientos; maldigo mi situación de estudiante, mi pieza se hace muy chica, los buses me parecen lentos y todo lo que tengo que hacer lo siento difícil y raro. Soy un convencido que todo lo que hago es inútil, todos los proyectos absurdos. Pienso en mis deudas, en mi rutina universitaria, en mi vida sendetaria y sin deportes. La ciudad la percibo con todos sus defectos y cuesta arriba: maldigo hasta el exceso de calefacción.
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Cuando se suma el ingles y la imposibilidad de aprenderlo bien, al menos para decir algo que realmente pienso, siento que la piel me pica y la cabeza me duele un poco. En esos minutos infernales, entro en un pasillo Kafkiano donde cada puerta es una dificultad. Abro la puerta de la izquierda y calculo cuantas libras he gastado en las últimas dos semanas. Abro la puerta de la derecha, y me veo sumando las últimas 40 palabras para llegar a las 6000 del ensayo que llevo tres semanas escribiendo.
En fin, el asunto es que esos momentos pueden ser breves o muy largos. Pequeñas pesadillas diurnas donde todo en llamas arde, es impenetrable y difícil de controlar.
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Cuando paso por el cielo todo bien. Primero, hay sol aunque este nublado. Todo me da lo mismo, camino más rápido por el barrio y siento que la prosperidad cruza mi vida. Me pasa todo lo que a una persona que quiere estar estudiando en el extranjero puede pasarle: cada paso que doy trae algo nuevo. Pequeños gestos como ver leer el diario y seguir con claridad los bochornos locales parecen un verdadero manjar. Siento magnifico hasta estupideces como estar donde estuvo alguien famoso (como la librería donde compraba libros Charles Dickens, un Bar donde se curaba John Lennon, en fin). Cuando paso por el cielo, quiero salir a caminar y me entretiene ponerme a leer. Me siento un afortunado y me juro bilingüe.
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Algo interesante de agregar es que cuando estoy en el cielo me acuerdo de mis temporadas en el infierno y, honestamente, no las puedo entender. Me digo a mi mismo “que chucha paso por mi cabeza en esos momentos”, “como fue”, descubro que existen muchos estados mentales que son como palpitaciones casi imposibles de reproducir con el solo hecho de proponérselo. De pronto tanto el cielo como el infierno se hacen sensaciones incompatibles y extrañas.
Desde que estoy en Londres, eso me sucede seguido. Cuando paso por el infierno, todo mal. Primero, empiezo a sobrecargarme de ideas que incendian buenos pensamientos; maldigo mi situación de estudiante, mi pieza se hace muy chica, los buses me parecen lentos y todo lo que tengo que hacer lo siento difícil y raro. Soy un convencido que todo lo que hago es inútil, todos los proyectos absurdos. Pienso en mis deudas, en mi rutina universitaria, en mi vida sendetaria y sin deportes. La ciudad la percibo con todos sus defectos y cuesta arriba: maldigo hasta el exceso de calefacción.
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Cuando se suma el ingles y la imposibilidad de aprenderlo bien, al menos para decir algo que realmente pienso, siento que la piel me pica y la cabeza me duele un poco. En esos minutos infernales, entro en un pasillo Kafkiano donde cada puerta es una dificultad. Abro la puerta de la izquierda y calculo cuantas libras he gastado en las últimas dos semanas. Abro la puerta de la derecha, y me veo sumando las últimas 40 palabras para llegar a las 6000 del ensayo que llevo tres semanas escribiendo.
En fin, el asunto es que esos momentos pueden ser breves o muy largos. Pequeñas pesadillas diurnas donde todo en llamas arde, es impenetrable y difícil de controlar.
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Cuando paso por el cielo todo bien. Primero, hay sol aunque este nublado. Todo me da lo mismo, camino más rápido por el barrio y siento que la prosperidad cruza mi vida. Me pasa todo lo que a una persona que quiere estar estudiando en el extranjero puede pasarle: cada paso que doy trae algo nuevo. Pequeños gestos como ver leer el diario y seguir con claridad los bochornos locales parecen un verdadero manjar. Siento magnifico hasta estupideces como estar donde estuvo alguien famoso (como la librería donde compraba libros Charles Dickens, un Bar donde se curaba John Lennon, en fin). Cuando paso por el cielo, quiero salir a caminar y me entretiene ponerme a leer. Me siento un afortunado y me juro bilingüe.
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Algo interesante de agregar es que cuando estoy en el cielo me acuerdo de mis temporadas en el infierno y, honestamente, no las puedo entender. Me digo a mi mismo “que chucha paso por mi cabeza en esos momentos”, “como fue”, descubro que existen muchos estados mentales que son como palpitaciones casi imposibles de reproducir con el solo hecho de proponérselo. De pronto tanto el cielo como el infierno se hacen sensaciones incompatibles y extrañas.
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