No conozco a nadie que tenga más sobrenombres que yo. Desde que existo he sido llamado de las más diversas maneras.
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Me llamaron Cristobal (“a secas”) al nacer (un solo nombre dado el trauma de mi mama de tener cuatro nombres). Mi mama siempre quiso que fuera mujer. Desconozco si en los 70 se podía saber si venia un macho o una hembra. El asunto es que cuando me crecía mucho el pelo me lo agarraban (con patillas y todo) con las dos manos y me armaban un moño a cada lado de la oreja y me decían “Mira que linda hubiera sido la ‘Cristobalita !!”. Creo que este fue mi primer sobrenombre: el cambio de género.
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Cuando aprendí a hablar, aprendí a tartamudear. No podía pronunciar mi nombre entonces decía “Tito-Bal” en vez de “Cristobal”. Así nació el más viejo de mis sobrenombres: Tito.
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Me imagino que podrán especular ahora cuál es el origen de mi ternura, sin embargo, este cambio de “Cri” por “Ti” no es de niño tierno sino que es un ejemplo concreto de las largas luchas que un tartamudo real tiene día a día con las palabras. Esa lucha consiste en tener una voz o un mecanismo interno de “emergencia” para combinar, desplazar y reemplazar letras/fonemas/palabras (incluso frases) que uno sabe que son difíciles de pronunciar, por otras más amables. Creo que así nacen las muletillas o bien esos horrores lingüísticos que se pueden arrastrar por mucho tiempo.
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Entrar al colegio para mi fue como entrar a jugar “Póngale nombre a”. Sería imposible enumerar de todas las maneras que fui llamado en los seis establecimientos educacionales que me tuvieron en sus filas. Tratando de hacer un esfuerzo podría clasificar mis primeros sobrenombres de la siguiente manera:
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-Por mi apellido Bianchi: “cabeza de bicicleta”, “bici”.
-Por mi tartamudez: “tatarita”, “embrague”.
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No recuerdo bien la evolución de estos sobrenombres, pero por mi Tez Morena he sido llamado “Negro” muchas veces. En 2do medio, dado una teleserie infantil mexicana que tenia de protagonista un niño de raza negra, fui bautizado como “Cirilo” después de llegar al colegio completamente rapado. Cirilo esta vigente hasta hoy. De hecho, solo mis amigos más cercanos me llaman así. Yo, dado mi gran dote goleador de fútbol, me autodenomine “Cirigol”, la flor del área chica.
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Cuando entre a la universidad volví a llamarme “Cristobal” e incluso “Negro”. Un compañero de curso me decía “Coco”. Desconozco porque lo hacia, pero cada vez que lo veo me saluda “Hola Coco, como estai”….
Me llamaron Cristobal (“a secas”) al nacer (un solo nombre dado el trauma de mi mama de tener cuatro nombres). Mi mama siempre quiso que fuera mujer. Desconozco si en los 70 se podía saber si venia un macho o una hembra. El asunto es que cuando me crecía mucho el pelo me lo agarraban (con patillas y todo) con las dos manos y me armaban un moño a cada lado de la oreja y me decían “Mira que linda hubiera sido la ‘Cristobalita !!”. Creo que este fue mi primer sobrenombre: el cambio de género.
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Cuando aprendí a hablar, aprendí a tartamudear. No podía pronunciar mi nombre entonces decía “Tito-Bal” en vez de “Cristobal”. Así nació el más viejo de mis sobrenombres: Tito.
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Me imagino que podrán especular ahora cuál es el origen de mi ternura, sin embargo, este cambio de “Cri” por “Ti” no es de niño tierno sino que es un ejemplo concreto de las largas luchas que un tartamudo real tiene día a día con las palabras. Esa lucha consiste en tener una voz o un mecanismo interno de “emergencia” para combinar, desplazar y reemplazar letras/fonemas/palabras (incluso frases) que uno sabe que son difíciles de pronunciar, por otras más amables. Creo que así nacen las muletillas o bien esos horrores lingüísticos que se pueden arrastrar por mucho tiempo.
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Entrar al colegio para mi fue como entrar a jugar “Póngale nombre a”. Sería imposible enumerar de todas las maneras que fui llamado en los seis establecimientos educacionales que me tuvieron en sus filas. Tratando de hacer un esfuerzo podría clasificar mis primeros sobrenombres de la siguiente manera:
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-Por mi apellido Bianchi: “cabeza de bicicleta”, “bici”.
-Por mi tartamudez: “tatarita”, “embrague”.
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No recuerdo bien la evolución de estos sobrenombres, pero por mi Tez Morena he sido llamado “Negro” muchas veces. En 2do medio, dado una teleserie infantil mexicana que tenia de protagonista un niño de raza negra, fui bautizado como “Cirilo” después de llegar al colegio completamente rapado. Cirilo esta vigente hasta hoy. De hecho, solo mis amigos más cercanos me llaman así. Yo, dado mi gran dote goleador de fútbol, me autodenomine “Cirigol”, la flor del área chica.
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Cuando entre a la universidad volví a llamarme “Cristobal” e incluso “Negro”. Un compañero de curso me decía “Coco”. Desconozco porque lo hacia, pero cada vez que lo veo me saluda “Hola Coco, como estai”….
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Si bien no soy flaco tampoco soy un chancho. Esta ambigüedad, a permitido que me llamen “guatón”, “guatis”,” y algunas combinaciones como “guatón cirilo” o “guata de esclavo”, por ejemplo. Otros sobrenombres vienen de mis intentos de ponerme Dj Mobydick (cuando poníamos música en unas fiesta que organizábamos en el verano con unos amigos) el cual derivo en “Mocha Dick” basado en un articulo de mi amigo Juan Cristobal Romero, donde se argumenta que Herman Melville se inspiro en una ballena de la isla Mocha, para escribir su novela.
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Otros sobrenombres menos comunes son “Colo-Colo” para decirme “Loco-Loco”. Mi jefa en Chile me decía “Cristo” porque consideraba que “Cristobal” era muy largo. Creo que es mas bien una resistencia a las palabras esdrújulas.
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Desde que estoy en Londres he sido llamado de nuevas maneras. Primero, la insistencia de mis amigos chilenos de tratarse por el apellido, es decir, soy el “Bianchi”. Nunca he entendido bien este estilo marcial de nombrarse, salvo en instituciones educacionales o en el fútbol o entre personajes desconocidos y lejanos como los “autores”. Por otra parte, mis compañeros de curso aquí en lo universidad si bien me llaman “Cristobal” me lo dicen y escriben de muchas maneras: Christ, Cristobal, Cristobel, Cristo.
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Si bien no soy flaco tampoco soy un chancho. Esta ambigüedad, a permitido que me llamen “guatón”, “guatis”,” y algunas combinaciones como “guatón cirilo” o “guata de esclavo”, por ejemplo. Otros sobrenombres vienen de mis intentos de ponerme Dj Mobydick (cuando poníamos música en unas fiesta que organizábamos en el verano con unos amigos) el cual derivo en “Mocha Dick” basado en un articulo de mi amigo Juan Cristobal Romero, donde se argumenta que Herman Melville se inspiro en una ballena de la isla Mocha, para escribir su novela.
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Otros sobrenombres menos comunes son “Colo-Colo” para decirme “Loco-Loco”. Mi jefa en Chile me decía “Cristo” porque consideraba que “Cristobal” era muy largo. Creo que es mas bien una resistencia a las palabras esdrújulas.
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Desde que estoy en Londres he sido llamado de nuevas maneras. Primero, la insistencia de mis amigos chilenos de tratarse por el apellido, es decir, soy el “Bianchi”. Nunca he entendido bien este estilo marcial de nombrarse, salvo en instituciones educacionales o en el fútbol o entre personajes desconocidos y lejanos como los “autores”. Por otra parte, mis compañeros de curso aquí en lo universidad si bien me llaman “Cristobal” me lo dicen y escriben de muchas maneras: Christ, Cristobal, Cristobel, Cristo.
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En general ponen el acento en la última vocal, lo cual permite una entonación muy graciosa. Lo siento casi como un sobrenombre más. Sin duda es como llamarse de otra manera.